Elías Moro Cuéllar sobre «Vitrina de charcos» en El Mundo


Jesús Aguado sobre «Lunáticos» en Clarín

CLARÍN nº 128, abril 2017

Federico Abad sobre «Lunáticos» en Quimera


QUIMERA nº 404 Julio-agosto, 2017

Jesús Aguado sobre «La mirada» en El Ciervo


EL CIERVO nº 768. Marzo-abril, 2018. Pág.46

Mondaduras (Adenda 02)

EN COMPAÑÍA


Nunca está sola la palabra soledad. Un artículo le brinda su mano y salen a pasear juntos por la frase. Una nube de adjetivos la ronda siempre con la intención de hacerla más grata, o amable, incluso acompañada. Hay verbos que la alejan y otros que la acercan. Sustantivos que se enamoran (y hasta dan esquinazo a sus artículos para poder verse a solas con ella). No siempre les hace caso, sin embargo, por sentirse más sí misma, pero a veces encuentra en alguna que otra palabra, en un momento de soledad, aliciente para dejarse querer, por ejemplo, en compartida.


GORRIONES


El libro de texto del día se abre con el vuelo de un gorrión que abandona las ramas del olivo para detenerse en los cables de la conducción eléctrica, donde el primer rayo de sol dibuja sobre el sembrado una línea recta con su perfil de mago alado. Estudio en esta humilde lección de la mañana la teoría de las sombras. Lo que la luz ilumina el aire lo dibuja en la distancia con claroscuros. También mi retrato opaco me sigue cuando camino hacia el este, tras mis pasos, iluminado por el sol en el rostro. Sin ver la sombra.


POÉTICA DEL ATARDECER


Serpenteo esquivando los charcos al caminar hacia la tarde y avanzo entre un suelo de nubes. Dentro de los bolsillos del gabán, los dedos practican glissandos para la clase de una profesora rigurosa. Voy y no voy. Los pasos me acercan y me alejan. Ensayo conversaciones como un actor repite réplicas ante un espejo poco antes del estreno. Cuando tenga un poema entre las manos le sonreiré a la literatura, que me estará mirando desde una mesa al fondo de la cafetería. La lengua en la que escribo cada día me habla desde cualquier rincón. Los campos huelen a lluvia.


CALAMBUR NOCTÍVAGO


Un lenguaje de escalofríos. Delicada escritura de dedos nómadas cuyos manuscritos no conservan palabras sino temblores allí donde el lector lee. Una grafía de labios que inscribe en la piel oscilaciones del cuerpo que solo el cuerpo decodifica y comprende. Haz de significados cuyos signos varían y se inventan cada día, a cada momento. Una lengua de estremecimientos. La del susurro de las manos al caligrafiar sensaciones en el papel de los sentidos. La del trazo del pincel de las caricias que recorre el país del recóndito silencio. La de los acentos petrarquistas cuando inspiran las sílabas de un gemido.


CUADERNO DE INSTANTES


Cierro la libreta, el lápiz rueda por encima de la tapa, cae a la madera de la mesa con un ligero rumor y cuando ahí se detiene me doy la vuelta y continúo escribiendo. Con los pasos, al caminar por la estancia; con el cuerpo, al echarme en el sofá de contemplar estrellas. Escribo, brazos en alto, con las manos. Palabras, versos, poemas. Una caligrafía delicada que recoge con fidelidad la pared donde la luz de la lámpara se proyecta, aunque la desmemoria del aire que la escribe impida que se la aprenda. Igual que lo escrito en el papel.

[Abril, mayo. 2018]

Mondaruras (Adenda 01)


BICICLETA


El neumático es casi redondo, pero en la parte que roza el suelo se une a la llanta. Es el aire que ya no está dentro el que primero dice. Luego la cadena se afloja, con el tiempo, pierde la condición rectilínea de la tensión. Dibuja la imagen del cansancio y eso es lo que su negación del movimiento afirma. El metal se oscurece con el polvo. Una infección de tonos parduzcos recubre la osamenta cilíndrica. Lo manifiesta con unas motas cobrizas que enferman el brillo primigenio del manillar. La locuacidad del abandono crece. Nada hay que hable tanto.


PUERTO


El chapoteo de la ola bate contra la roca cuando tras el salto las botas alcanzan el muelle. Lo percibe. Y entonces advierte la bofetada del agua a la piedra, lo que de tanto oír, día y noche, el crujir de la madera allá donde imparta el viento su lección de desconciertos, se olvida. La oscilación de la proa sobre el oleaje, el chasquido de las salpicaduras en los cristales de cabina, todo el repertorio sonoro del silencio. Cuando pisa la superficie que no tabalea siente el vértigo de la quietud. Escucha con recelo la ola que no le mece.


CUADERNOS



No todas las palabras quedan anotadas. Dejo el lápiz un instante sobre el cuaderno abierto y los ojos pasan a leer la página que ofrece la ventana. Las hojas del albaricoque aleteando con el viento como si quisieran aprender a volar, las macetas ingenuas del alféizar, el pájaro que las merodea con insistencia, un trocito de cielo con una nube pizpireta que se muere por salir en el rectángulo de cristal que contemplo para llenarme de palabras que están ahí, conmigo, cuando escribo, pero que no apunto porque ya sé, y estoy seguro, que se podrán leer en las escritas.


LECTURA


Si la forma en la que se comprende lo que existe es una manera de leer, cuanto está ahí será una manera de expresar. Una escritura. Y también cuando se lee el tránsito de las nubes y el vuelo de las aves se pronuncia en su irse lo que impulsa al deseo. Leer y repetir lo leído era el medio de los antiguos para conocer. Ahora se usa un interruptor para desechar las sombras y otro para convocar las notas del piano, pero se camina por idéntica senda. Se dice lo que la luz escribe en la mirada para expresarse.


A DESTIEMPO



La mañana en la que el tiempo no comparezca, bien porque haya perdido el tren que lo trae puntualmente cada amanecer, bien porque se tome un día de fiesta que no le corresponda, esté o no justificado, porque eso no me incumbe fiscalizarlo; esa mañana, me digo, en la que los relojes desandarán los círculos y las citas dejarán sobre las páginas de las agendas la mancha de un poema minimalista, aprovecharé para desaparecer. Sin cumplir ningún preparativo me iré a oír los graznidos de las aves migratorias en los abruptos acantilados donde la realidad renuncia a la mezquindad.

[Marzo, 2018]

Aquí y allá | Encuentros | A


MCS
Al tiempo que tú lo alargabas estiraba yo el brazo para alcanzar la única jarra que la mesonera —¿Maritornes se llamaba?— había dejado entre los dos. Y junto al asa las manos, una tuya, Miguel, y otra mía, se rozaron, pero no para saludarse. A la vez retiramos el gesto y a la vez con un movimiento de cabeza nos cedimos, uno al otro, el pichel de vino. Me miraste y te miré. Teníamos la misma edad y nos habíamos sentado a la misma mesa. Los brazos descubiertos de la tabernera dejaron delante sendos platos grasientos de las mismas alubias.

RPE
Rafael: aquel mediodía portugués en Troia ya estaba sentado cuando ocupaste la última silla de la mesa del costado. Y bebía el vino de una cooperativa del norte que parecía pisado en un lagar de la época de Livermoore. El de tu mesa, elegido por un entendedor que jugaba en campo contrario, era común. Al poco me preguntaste mi nombre y, agradecido, te serví una copa de la ambrosía. Mientras el tiempo se detenía para ti tras ese sorbo, el mío se estancaba escuchándote elogiarlo. Hicimos un gesto y juntamos las mesas que el vino y las palabras habían unido.

FNP
Uma ginginha —oí a mi espalda antes de ni siquiera haber podido pronunciar una sílaba cuando el tabernero me preguntaba qué quería. De inmediato me di la vuelta con cara de ningún amigo y lo vi. Anteojos redondos, bigotillo ralo, rostro fino y algo desmejorado. Que sejam duas—gritó, aunque había entrado solo. Me dijo que se llamaba Ricardo o Alberto, quizá Fernando, ¿quién recuerda ya un nombre en el apelotonamiento de los días? Cuando nos las sirvieron, ofreció su copa para brindar. ¿Qué celebramos? —le pregunté. É horário laboral e no entanto cá estamos—y le brillaron los ojos.

JAF
Abriste la cremallera de la mochila y extrajiste un libro. Bien, pensé. Acababa de levantarme para que accedieras al asiento de ventanilla. Volviste a introducir la mano y salió otro. Prevenido, añadí para mis adentros. No te quitaba la vista de encima, tú seguías a lo tuyo. Un tercero. Vaya, el viaje a Filadelfia resultará largo. Luego, un cuarto. Hay que cruzar el Atlántico, es cierto. Cuando apareció el quinto no sabía qué decirme. Fugitivo: no piensa regresar, se lleva la biblioteca consigo. Ante el sexto, Jesús, ya no pude reprimir algún triste tópico: ¿Es por si pinchamos una rueda?

EED
No podría afirmar que estaba contento con la plaza que me habían asignado, sin duda en Massachusetts hay mejores destinos, pero con el tiempo agradecí la tranquilidad y también el trabajo que me daba la señora Dickinson, de Main Street. Son harto descuidados los portes postales. Grasa, barro, hollín. A primera hora buscaba sus cartas y con un cepillo las limpiaba concienzudamente. Las aguardaba con anhelo. Eran su vida. No iba a entregárselas tal como llegaban, sucias y descuidadas. De hecho, lo hacía siempre en mano, para recoger las que ella enviaba. Antes que el de Amherst, era su cartero.

FF
Nada más cruzar la puerta lo veo en un asiento del abarrotado atrio del aeropuerto. Fernando, al descubrirme, agita la mano como quien reconoce a un viejo amigo al que, sin embargo, acaba de ver por primera vez. Del avión bajo, o eso creo, sordo. Así que le oigo hablar e incluso yo mismo hablo sin que el sonido exista alrededor. Pienso que he aterrizado en Valladolid, pero tras un sintiempo que no sé precisar, en silencio me dice: Hemos llegado, ¿la conoces? Es una Cirrus Floccus. Por aquí se camina sin que el pie encuentre apoyo en el suelo.

RMR
Crepitaban los guijarros en la suela de unos zapatos nada propicios para el sendero. Sin levantar la vista de la página, lo había oído llegar. Adecentó con un pañuelo el espacio que quería ocupar en el banco, a mi lado, bajo uno de los tilos del jardín. Sabía que era su lugar predilecto y por eso me había adelantado. Disimulaba. Se dio la vuelta para sentarse. Se sentó. Llevaba en las manos un volumen pequeño, encuadernado en piel. Al tiempo que lo abría, musitó un murmullo que interpreté como un saludo. Quise decirle mi apellido, él me habría respondido: Rilke.

[Febrero, 2018]

Anotaciones a la vuelta



1
La última mirada antes de abandonar un cuarto de hotel se la dedica el huésped a sí mismo. Concienzudamente se asegura de que nada suyo queda perdido —prendido— en la estancia. Abre las puertas del armario donde estuvo colgada su americana, la que lleva puesta, porque necesita la postrera comprobación de lo obvio. Revisa los folletos informativos sobre la mesa donde dejó algún libro, la pluma y el teléfono, que abulta en el bolsillo. Estira colcha y sábanas; mira dentro de los cajones. Cuando regrese y le pregunten por el hotel, no sabrá qué responder: nada ha dejado allí olvidado.

En el aeropuerto, frente a un mostrador de embarque, contemplo una larga cola de aficionados tinerfeños. Pregunto: van a San Sebastián. El sueño de que su equipo suba a primera les empuja a cruzar medio Atlántico y toda la península. El otro día fueron mil seguidores del Español a ver cómo empataba con el Numancia. En este caso, el sueño que les movía era el opuesto: no bajar a segunda. Me pregunto si no será su inmutabilidad la razón del escaso interés que despierta socialmente la cultura: los de primera siempre están arriba y los de segunda, en ninguna parte. 

 3
Leo durante el vuelo el tercer tomito con los diarios de Eugenio Padorno. En esta ocasión no hay erratas en la cubierta, pero sí en las tripas. Un montón. Compite con las ediciones malagueñas en el descuido tipográfico. Hasta faltas de ortografía. Qué pena, porque —en el libro siempre leo «por que» sic— la prosa densa, pétrea, atlántica, cada día más gnómica, me seduce como pocas. Su argumento es lo suficientemente reducido como para evitar la contaminación lumínica de las noches mundanas: un poeta obsesionado por convencerse — a sí mismo, con razones sociales y personales— de la condición que posee.

4
El avión entra en la península por el cielo de Cádiz y su ruta continúa hacia el norte paralela a la costa. Cuando sobrevuela el delta del Ebro me sorprende y excita que el paisaje se parezca tanto a los mapas donde aprendí geografía. Imagino que buena parte de las emociones estéticas nacen de esta coincidencia de lo real con lo que nos enseñaron —pensamos o creemos— que es la realidad. Celebramos la desaparición de los dualismos. Y sorprende esta identidad porque tal vez lo normal sea que la realidad ni siquiera se parezca a lo que creemos que es.

5
Cuando llego a la estación del aeropuerto, un tren acaba de partir. Me siento a esperar el siguiente en el andén vacío. Diez minutos después me acompañan unas pocas personas. Veinte minutos más tarde, sólo algunas más. En los diez minutos últimos un río de gente invade mi antigua soledad. Si cada tres minutos aterriza un avión, y el flujo de personas es necesariamente aleatorio, ¿qué ley explica este importante crecimiento de su intensidad ante la inminencia de la salida ferroviaria? No sé qué dirá la matemática; la sociología conoce bien la atracción de las multitudes hacia las recompensas inmediatas.

[Abril, 2009]

Haworth's notebook


Para Yolanda Soler Onís, que me contó esta historia
1
Jamás soñé de niño con el oficio que me llevaré al Más Allá. Di tumbos hasta que me acogió el Reverendo Brontë en su parroquia y me enseñó los nadires de la tipografía funeraria. Para labrarla me sobraba maña y paciencia. Incluso aprendí, con los años, el primoroso inglés con que una vida merece ser llorada por sus familiares durante generaciones. Para labradores y artesanos sin hidalguía yo mismo rebuscaba palabras que les otorgaran eternidad. Mucho más que mi propia lápida me costaba esculpir el papelito que el Reverendo me entregó tras la muerte de cada uno de sus hijos.

2
Un cartelito inane, en una calle por la que nunca antes se ha transitado, sugiere de repente otra cotidianidad. Y al mirar hacia la ventana es el reflejo de uno mismo lo que se ve tras los visillos, con una taza de té en las manos, dándolas calor, y los ojos prendidos en la lluvia que no cae en Haworth; tarde de nubes obesas que se pavonean por un cielo extraído de la paleta de un mal pintor. Y el verso en el que esté pensando le deja a uno pensativo. Una casa en alquiler invita siempre a otra vida.

3
Daba igual contar de mayor a menor que de atrás hacia delante, siempre me tocaba en medio. Mis dos hermanas, la grande y la pequeña, en las ventanillas, que atesoraban cuanto podíamos necesitar durante el viaje: aire fresco si nos mareábamos, gente curiosa cuando cruzábamos poblaciones. Nunca descubrí el modo de alterar el orden para evitar el odioso asiento trasero central del coche cada vez que mi padre se sentía nostálgico del pastel de ciruelas de la abuelita y embarcaba a todos, hasta los ositos de peluche, en la gran travesía desde nuestro barrio hasta el pueblo en las colinas.

[Mayo, 2009]

Bye, bye


Bye, bye 2017

—¿Te acordarás de mí?
—Claro. Siempre. Has sido un año inolvidable.
—¿De verdad?
—Claro, muchacho. Un año, no sé, fantástico.
—Gracias. Me enorgullece eso que dices.
—Un año, buf, impresionante.
—¿He sido diferente?
—Claro, una pasada de diferente. Un montón. Un año chanchipiruli.
—¿Y te acordarás de mi nombre?
—Claro, colega. ¿Cómo voy a olvidarte con lo que has sido para mí, para todos? Qué pasada.
—Cómo me alegra lo que dices.
—De corazón, tío.
—Es que ya ves. Me voy.
—Claro, de eso va. De irse y volver.
—Dudo que vuelva.
—Pues mejor, para lo que hay que ver.

Bye, bye 2016


Me voy, has dicho y te he mirado con indiferencia. Esperaba algo más de este momento, has añadido sentencioso. Como si una cámara te estuviera grabando. Al fin y al cabo, hemos estado un tiempo juntos. Ni siquiera me has arrancado un trivial gesto de asentimiento. Pero has insistido, acaso plantando unas semillas de rencor: Hay cosas que no te hubieran ocurrido sin mí y que ahora lamentarías no haber hecho. He estado a punto de explotar, pero me he prometido que no replicaría nada. He continuado en silencio. Algo de cariño, o piedad. Eso quería. Y te has ido.

Bye, bye 2014

«¿Qué quedará de ti, año de métrica alejandrina?» —pregunta la Sibila arrodillada sobre la losa de mármol, con la cabeza oculta entre los brazos. «Todo», responde el Oráculo. «¿Todo? ¿He oído bien?» —no sale de su asombro la Sibila, que levanta la mirada inquisitiva hacia la piedra de donde la voz ha emanado— «¿no era más bien Nada la respuesta? ¿Ha dejado de ser la nuestra una pregunta retórica?». «Todo», reitera el Oráculo. E interpretando su postrer silencio el escriba anota: todo quedará registrado y cuando necesites algún dato esquivo las noticias más triviales del 2014 lo ocultarán en Google.

Bye, bye 2013

Cuando tantos coinciden en alegrarse de que por fin te largues, 13, a mí me gustaría que no te marcharas tan pronto. Aunque solo sea porque me he acostumbrado a tu número. O porque tu esencia se queda corta al cabo de solo doce meses. O porque son tantos los que hablan mal de ti que dan ganas de no acercarse a ese catorce adonde todos quieren ir. Qué bueno sería quedarse un poco más a solas, año 13, prescindir del calendario, amparado en tu humildad de combinación fea, de fila ausente, de piso que no existe. Contigo. Y solos. 

Bye, bye 2012


El acuarelista de atardeceres ha comprado tubitos nuevos hoy y los prueba en el apresurado cielo de diciembre. Un amarillo denso en el centro, naranjas atenuados alrededor, granates a lo lejos, reflejos rosados en las nubes deshiladas y en los cristales de los edificios de oficinas. Contemplo el cielo de la ciudad entre las ramas secas de los tilos y los muñones de los plátanos recién podados. Los ojos de los amantes buscan pájaros en las calles, se aprietan uno contra otro como si estuvieran a punto de iniciar el vuelo. Nadie dirá que acabas, año, si algo tuyo continúa.

Bye, bye 2009


Cuando me levante pasado mañana por la mañana, me desperece y salga al camino del 2010, este año será —como todos— un montoncito de cenizas que humea. Si me entretuviera en dar una patada al polvo y tratar de adivinar lo que ardió en las ascuas aún incandescentes, vería en el rescoldo vestigios de aquellos muebles nobles largamente anhelados: un año sin horarios, una novela en tapa dura. De hecho, no todo arde con el tiempo: la humilde cerámica de lo escrito, el metal denso del amor permanecen, pero maderas y anhelos se calcinan con sus molduras de ebanista engatusador.