1960

1960-«La sombra del cuerpo del cochero»


En una esquina de la plaza del mercado un tal Platón, chato y barbudo, ha instalado su espectáculo de sombras chinescas bajo una carpa de mantas y plásticos sucios. Por unas monedas, que los más jóvenes reúnen con facilidad, les enseña a comprender, a través de las siluetas que dibujan las persianas a medio bajar, qué ocurre detrás de las puertas que los adultos cierran tras de sí. Un mocoso llamado Peter, que ha empezado a ver que la vida es una pensión cuya patrona sirve en platos de estaño un cucharón de aguachirle por sopa, no se pierde función.

1961-«La casa de las bellas durmientes»


Los vende como cazamoscas Shiki, ese joven de cabeza afeitada que se sienta en un rincón del jardín a verlas pasar, Masaoka Shiki. Al irritar con su insistencia, explica, los insectos roban los recuerdos a la gente. Cada volador que se aparta a manotazos resta la posibilidad de identificar un rostro entre la multitud o de reconocer en un paisaje de nieve las pisadas de quien se ha sido. Los pliegos enrollados los aplastan con solvencia, le dijo un día al viejo Yasunari, cuya desmemoria le acuciaba la búsqueda de una memoria de repuesto. Ni le oía, pasó de largo.

1962-«Los clavos en la hierba»


No duró mucho en el puesto Juan de Yepes. Tres días. Nadie preguntó quién se había preocupado por oírle antes, nadie le echó en falta después. Balbucía palabras ininteligibles el pregonero tartajoso. Enmascaraba horarios, desfiguró hasta la frase más obvia. Ninguna convención servía tampoco para descifrarle. Alargaba y acortaba los sonidos sin regla. A la tercera tarde de salir a declamar los anuncios del consistorio ya se había convertido en una irrisión generalizada. Para todos, menos para María Gabriela, que le persiguió por las calles las tres jornadas, conmovida, y aún continúa así, por la deslumbrante belleza de lo incomprensible.

1963-«Los timadores»


—Me gustan tus historias, Sófocles. 
—Gracias, muchacho. 
—Pero me intriga una cosa. ¿Por qué tratan siempre de padres e hijos? 
—¿Cómo te llamas, chaval? 
—Jim. Me llamo Jim. 
—Bueno, Jim. ¿Qué hay en este mundo que no pueda ocurrir entre padres, madres, hijos e hijas? 
—Si lo planteas así. 
—¿Qué pasión existe que no pueda reflejar un padre frente a un hijo o un hijo frente a un padre? 
—¿Sabes qué?, me gustan tanto tus historias que te daría un pavo. 
—Vale. 
—Pero solo tengo un billete de diez. 
 —¿Ese tan doblado? Te devolveré nueve. 
—Sigue hablando Sófocles… mientras cuentas.

1964-«Algunos muchachos»


¡Ah de la casa! —gritó Faulkner, el carbonero, sombra asomada a la sombra del zaguán. Le contestó el rítmico chasquido de una cuerda contra las losas. ¿Hay alguien? —insistió el destello blanco del blanco de los ojos ennegrecidos. Chas, chas, chas… Nada interrumpía la única respuesta. Niña, sal del escondrijo y dime si puedo dejar los sacos. El traquido y su eco siguieron como único diálogo. Me llamo Ana María —dijo al rato Ana María— y me has hecho perder la cuenta. El hombre enharinado de oscuridad la vio ahora en el encuadre iluminado. Y además, no te tengo miedo. 

1965-«El guardián del vergel»



Un pegote de barro, las botas. Y solo a la vista un escueto fulgor de piel curtida en la parte alta de la caña. Y a esa altura, la cantonera de la culata. Era lo único que el chico veía, tras los matorrales, del cazador furtivo. Sabía qué continuaba hacia arriba y también que se llamaba Thomas Hobbes, pero era mejor que no le oyera. Inmóvil, Charles apenas se atrevía a respirar el aire húmedo del bosque. La boca abierta. Había visto pasar el ciervo que perseguía, pronto iba a desaparecer, pero del tenso, interminable, instante se defendió llamándose Cormac.

1966-«A sangre fría»


Inaudibles bajo el crepitar constante de los teletipos, los pasos del anciano vigilante nocturno se acercan por el pasillo. ¿Eres tú, Christopher? Y en la ninguna respuesta el reportero novato y pringado de las madrugadas sabe quién llega: ¿Has sido joven alguna vez? ¿Aún recuerda tu palidez la luz del día? En una esquina de la redacción el solitario Truman dispara preguntas hasta que le silencie un sorbo de humeante café. El uniforme de segurata, con Marlowe dentro, se sienta: Lo que darías para que te respondiera a una sola de tus preguntas —dice despacio, con sonrisa de ángel perverso.

1967-«Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel»


«Es escritor —había dicho la panadera—, y usa tratamiento de von, von Sacher-Masoch». Desde aquel momento el empedrado de París empezó a temblar bajo sus pies. Lo veía cada tarde cruzar la plaza donde jugaba con sus amigotes. Traje oscuro, también en verano, pajarita, monóculo, pelo impoluto, destellos en los zapatos. Y siempre con un volumen encuadernado en piel sujeto en la mano de un brazo que parecía avanzar con paso militar. Gilles se miraba cada noche en el espejo atormentado por aquello a lo que debería renunciar para ser escritor: melena, rizos, jirones en la camisa, zapatillas rotas.

1968-«Poemas póstumos»


—¿Mr. Eliot? 
—¿Nos conocemos? 
—Todavía no, la plaquita… 
—Ah, la placa. Si tiene la amabilidad de esperar, no es mi turno. De hecho, acabo de finalizarlo. En breve aparecerá el revisor pertinente. 
—Solo una consulta. 
—Dígame, ¿señor…? 
—Jaime, sí, James. No estoy seguro de si este tren se detiene en la estación en la que voy a querer bajar. 
—Mr. James. Aunque no me corresponda a mí informarle del recorrido, puedo indicarle que donde desee usted descender con seguridad el tren no va a detenerse. 
—¿Está seguro? 
—Salvo que haya elegido como destino el destino final. 
—¿Entonces? 
—Disfrute del viaje.

1969-«Det»


Se dice del profesor Kierkegaard, tan relamido como un vestido de boda tras treinta años en el armario, que tuvo novia. A la que regalaría flores y escribiría florituras. Hay quien cuenta haberle identificado con sombrero calado y solapas subidas, al anochecer, en calles oscuras donde solo resuena un lánguido caminar de tacones. Mujeres sin rostro. Inger ni se atreve a pensar en lo que les exigiría mientras observa, desde su pupitre, al final de la clase, una paloma que picotea en el alféizar. Las alumnas hacen ver que hacen ejercicios, el profesor no levanta la vista de sus breviarios.

[Septiembre, 2016]