Machadiana

1 
La madreselva salta la tapia del jardín y desciende hacia la calle donde saluda con desmelenado gesto a los solitarios. Las sombras ensanchan los bultos por perpetuar, en el crepúsculo, la luz invisible de los jazmines. Sevilla sueña. Las sílabas tintinean. En la página modernista nada es lo que parece. La yedra está alegre con su traje oscuro. Los jacintos desangelados en su remolino de color. Niño que musita palabras emborronadas frente a un caramelo. Las rimas dan las horas desde el campanario del poema. En el azúcar modernista solo existe lo que sueña. Sevilla es también un cartel ferroviario. 

En el entablado del proscenio nunca se acaba el polvo. Siempre están sucios los codos del apuntador y las rodilleras en los pantalones del artista que más sufre el desdén de la trama. Por los camerinos la mugre camela a las virutas de carmín que desprenden las voces. Los suelos de cerámica en corredores y aulas huelen a vapor de lejía. Cualquier palabra traza un eco átono, sin gracia. Hay que borrar las pizarras varias veces para exhalar un aire menos riguroso. Y cuando suena la campana no empieza, acaba. El destino ya no tropieza en los clavos mal hincados. 

Lo llaman Castilla, pero no es más que un crepitar de guijarros bajo las botas. La luz que alguien arruga, un paso. La llama en la que alguien caligrafió las palabras erradas, otro paso. Caminar es el revés de la escritura, un ir deshaciendo lo que se sabe. Un convertir el frufrú metódico de la pluma sobre el papel en rumores. El agua del arroyo, la cantinela de los gorriones, el temblor de la maleza donde se embosca el animal. En murmullos sin significado. Lo llaman paisaje, pero no es más que el chasquido de ramas tiernas bajo las botas. 

4 
Esta hoja de papel donde escribo es, Leonor, una metáfora del universo. El sol que lleva tu nombre es palabra radiante y las palabras que le acompañan forman galaxias. Cuando te levantas, descalza, al amanecer sigo tus pasos en el susurro que su caricia deja sobre la piel de la madera. Las ventanas de la casa dan a hojas de papel en las que leemos cielo cuando miramos hacia lo alto y bosque si nos contemplamos, Guiomar, uno al otro con el mismo embeleso que si tuviéramos quince años y nos descubriéramos por primera vez. Como, de hecho, nos descubrimos. 

5 
Un lugar es también el nombre de un poeta a cuyos pies se tiende un mar hospitalario que lame las heridas de la playa. Un sol orfebre que dora el torso de las hojas de yedra y la cabeza erguida de las aves. Un lugar son los garabatos desposeído de paisaje. Un mirlo en lo alto de la tapia. El conejo subiendo el talud del camino. El rastro de cartuchos que abandona el cazador en su escondite. Un lugar, su pesadilla. En la losa dejo una maceta de narcisos para que den luz sobre el lomo en sombra de febrero.

[Marzo, 2014]