Pequeños cuentos de Año Nuevo


[2017]
—Bueno.
—Sí… bueno.
—Ya está.
—Sí, está.
—Aquí. Ya está aquí.
—Sí, aquí.
—Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Ya podemos decir que hemos llegado.
— Sí señor. Hemos llegado. Aquí.
—Bueno.
—Sí, qué bueno.
—Bueno… mi «bueno» no era ese. No era «qué bueno». Era: «bueno».
—Ah. Sí… bueno.
—No era qué bueno.
—Era… bueno.
—Exacto. Ahora sí. Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Bueno.
—No es qué bueno.
—No.
—Ah, ¿no estás contento?
—No puedo saberlo.
—No puedes saberlo.
—Exacto. Por eso digo «bueno». Bueno, ¿y ahora qué?
—Pensé que estabas contento.
—No.
—Pensé qué bueno que habíamos llegado.

[2014]
En la vida me he visto en tal aprieto. Los cuento y suman quince. No puede ser. Es: he convertido el primer terceto en el tercer cuarteto. Puedo quitar un verso, pero ese uno arrastra a otro. Y entonces son trece. Trato de arreglarlo, pero todo lo que se me ocurre se acentúa en quinta. Lo puedo dejar así. Nadie ha de saber lo que he querido escribir; claro, después de que le haya quitado el título, «Soneto de Año Nuevo». Puedo borrar la mención al soneto, pero pierdo el juego con el año. ¿Me entiendes? Catorce, catorce. No quince.

[2013]
La luz de la lámpara es una piedra que impacta sobre las aguas tranquilas de la página que lee. Un círculo alcanza el tablero oscuro de la ventana para dibujar con su tiza un arabesco. Ha de preparar un platito con doce uvas, pero aún hay tiempo. Una manta de lana cubre en el sofá sus piernas. Desde el tocadiscos suena un piano distante, como una letanía de los bosques. Debería cenar algo, tal vez. Una honda calma llega desde la calle y lo invade todo. De repente, un petardo, un griterío general, coches que pitan. Otro año. Continúa leyendo.

[2012]
El culín que algunos dejan en las botellas de vino y de repente un aparato del que se saca meda libra de cobre, o un muslito de pollo apenas mordisqueado. La verdad, lo mejor es que la basura vaya toda al mismo cubo, y no esa tontada de echarla por separado. A nosotros nos hace la pascua. Anoche, sin ir más lejos, encontré una bola preciosa, como de billar, un poco más grande, pero de vidrio. A la luz del farol hasta se veían dentro personas, paisajes, palabras, picardías. Y nuevecita. Incluso llevaba pegada la etiqueta con el precio: «2012».

[2010]
Una verbena salvaje: toda la noche bailando es lo último que Guido había pensado antes de sumergirse en una siesta que compensara el turno de guardia recién acabado. Al despertarse, aturdido, le cuesta reconocer la realidad. Una lucecita indica en la penumbra del cuarto: 7:37. El tiempo justo para emperejilarme. Es nochevieja. Le choca que no se oiga jugar a los renacuajos del piso de arriba, ni escuche conversaciones nerviosas de vecinas en el patio mientras cuecen las lentejas. Una verbena inolvidable: calzoncillos rojos... está repitiéndoselo cuando vuelve a mirar con mayor detenimiento el despertador: 7:38. ¿Qué quiere decir 7:38?

[2009]
La brigadilla llega a la plaza con las primeras gotas de leche sobre el café de la noche. Les aguarda un horizonte de vasos de plástico, botellas rotas, colillas, guirnaldas de papel y papelillos de colores náufragos en los charcos de bebidas oscuras. Entre los desperdicios, duermen quienes se quedaron atascados en el sumidero de la fiesta y no pudieron correr hacia un destino más abrigado. Los barrenderos les zarandean con el palo de los escobones y, a diferencia de otras inmundicias, se yerguen aturdidos, con frío, y enseguida toman el camino incógnito por donde desapareció el año horas antes.

[2008]

Se levanta temprano para mirar el cielo. El día amanece nublado, metálico. No hay mañana más solitaria que la de Año Nuevo, piensa. Cree intuir —antes que ver— un pálido reflejo dorado entre las nubes. El sol que se abrirá paso en su vida; esas cursilerías la reconfortan. En la casa familiar le espera la comilona y las conversaciones de siempre. Después quedará con sus amigas, las del taller. Al cine. Qué asco, dice, igualito que si fuera el año pasado. Entre sus piernas pasa caracoleando un pececillo de plata. Reacciona rápido, lo aplasta con la zapatilla: feliz año, bicho.