1970

1970 - El laberintodonte



Virgilio, el pastor, dobla sobre el cercado la chamarra por si al cantar le sofocan otros calores. Desabotona la franela que le oprime el cuello y destensa el cordón de las calzas. Frente al ganado, que se agolpa en la puerta del redil, busca en el morral el pergamino de la balada que compuso anoche, en la honda soledad de la majada. Más allá el pastorcillo Pimenta corteja a su pastora sin bucólica, sin laúd, sin hexámetros y hasta sin pastora. Le basta evocarla con la mano sobre la cabeza de una oveja que bala: Phalos brotan en la brisa.

1971 - Almoneda



Ha viajado durante la noche en un desvencijado convoy de incierto destino. Despeinado y arrugada la ropa despierta en una estación más grande que su aldea. Pablo lleva una dirección en el bolsillo, pero ninguna guía donde buscarla ni conocido que le espere. Ahí está, mojándose el pelo frente a un espejo en los servicios y abotonándose hasta el cuello la camisa, que ha planchado cuidadosamente con la mano. Y al atardecer suena la campanilla dieciochesca en la tienda anticuaria. Atildado y lacónico, el dueño, don Rainer Maria Rilke, le desengaña: Ha tenido lugar esta mañana la almoneda de ángeles.

1972 - Dual




No se cansa el voluble mar de vestir sus tobillos de muchacha con la seda de la ola. Tampoco de desvestirlos, gesto airado por haberlos confundido de repente, quizá, con el color de la tosca arena. Extraña a la inconstancia, Sophia se inclina para recoger, entre restos de valvas, conchas y óvalos, las lágrimas de nácar que la marea ha olvidado en su paseo nocturno por la playa. Las aprieta en la mano izquierda y le gusta sentir su firme suavidad. Cada fulgor que descubre, entregado por lo incógnito, es el pétreo suspiro de un endecasílabo de Luís de Camões.

1973 - Algo de fiebre


Un haz de luz. Rabindranath Tagore, el acomodador del cinematográfico, va y viene. Aun con la linterna apagada, en la barba blanca reverberan los colores que devuelve la pantalla y su destello refulge en la oscuridad. Cuando lo enciende, su foco silencia, amonesta, irrumpe. Separa en dos bandos lo que exige disociarse. En la sala, el espíritu; la realidad, en la calle. En el palacio de los sueños todos le respetan, salvo aquel joven espigado y melancólico, Sandro creo que se llama, o lo llaman, que allí donde se siente solo importa lo que, al ocurrir, deja manchas de sudor.

1974 - El mono gramático


—Guillaume Apollinaire, comandante de vuelo. ¿Deseaba algo, joven? 
—Encantado de conocerle. Octavio Paz, poeta y diplomático. Solo quería felicitarle por la travesía. 
—¿Viaja a menudo? 
—Es mi primera singladura hacia Oriente. Nada parecido, ¿verdad?, con su perpetua aventura. 
—Bueno, hoy volamos a Delhi, pero mañana dormiré en mi apartamento de París. 
—Y al día siguiente, de nuevo las alturas. El resplandor de las alturas. 
—Sí, otra vez despegamos rumbo a Delhi. 
—¡Delhi, qué profusión de maravillas! 
—Bueno, usted ya llevará dos días. 
—Lo decisivo es el espíritu errabundo. 
—Y que no me olvide de la reunión de propietarios al volver.

1975 - Mortal y rosa


Paco —con voz trémula le llama Juan Ramón Jiménez, el anciano jardinero municipal—, das unas zancadas que no hay quien te siga. Aguarda un instante, muchacho. Quiero despedirme. Me jubilan. Regresaré al pueblo. Uno ha de morir donde le reconozca la tierra en la que se echaron sus padres para concebirlo. Siempre he pensado así. Ha sido mi desgracia. Solo a ti puedo contártela. Tantas rosas como han florecido en mi jardín y camelias que he consentido hasta el capricho, tantos aromas y sin embargo ninguno me ha devuelto la gracia que perdí un día y no supe recuperar.

1976 - ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


Estás rendido, chaval. Y mientras lo dice Miguel de Cervantes Saavedra, jefe de camareros en la Cervecería Realidad, apoya el mentón sobre el palo de la escoba a modo de pedestal ligero. Ahora barro, señor —promete Raymond sentado sobre una mesa por recoger con una caña en la mano. El horizonte se abre a un oleaje de colillas pisoteadas, cáscaras de altramuz, cuentas arrugadas, paquetes vacíos y un sinfín de bultos indeterminados. Ahora mismito, señor —le repite a su espalda de navegante que rema contra la marejada. Descansa, chaval, hoy limpio yo. Nada hay que rejuvenezca más que la deshonra.

1977- La hora de la estrella


—Servicios de Lampistería Kafka, le habla Frank. ¿En qué puedo ayudarle?
—Aquí Clarice. Verá. Es urgente. Tengo un problema.
—¿Un escape?
—Exacto. Muy perspicaz.
—Bien. ¿Se trata de un personaje?
—Sí y no. ¿Cómo explicárselo?
—Con palabras, señora.
—Claro. Es un personaje, pero no es un personaje. Es el narrador.
—¿Usted no, verdad?
—En absoluto. Es un hombre. Ha de morir con su personaje, pero no es un personaje.
—Lo entiendo.
—Fantástico.
—¿Y se ha escapado?
—Claro, tras fallecer el personaje. No sé cómo acabar la novela.
—¿Ha guardado sus datos?
—¿De un simple narrador? Ni siquiera sé el nombre.

1978-El imitador de voces


A los juzgados, por favor. El joven taxista de agitado cabello se da la vuelta. Le encara: ¿A los juzgados? A ver, explíqueme por qué. Thomas lee la tarjeta de identidad que replica el temblequeo del diésel: «Blaise Pascal». Mira la fotografía. El rostro, aunque mejor peinado, coincide. Insiste: ¿Podría llevarme, por favor, a los juzgados? Sobresaltados los ojos, el conductor da un golpe de ira contra el volante: Eso tendrá que explicármelo antes. Thomas duda: ¿Explicárselo, cómo? Se revuelve aún más la revuelta melena: ¡A los juzgados, como si fuera tan fácil! Se araña las mejillas: ¿Quién puede juzgarnos?

1979 - Puerca tierra


La tarde se viste de gala. La gente se arremolina ante los Recreativos Naturaleza. El campeón nacional de ping-pong, el gran Pierre de Ronsard, ha aceptado enfrentase a John, el pastor paladín de la Alta Saboya y nuestro héroe. Que gran partido. Sirve Rosard un céfiro que John contrarresta con carretilla. Siguen: lirio, uno; orina, otro. Ámbar; estiércol. Altozano; leña. Máxima igualdad. Si ataca con alba, se atrinchera con cuervos. Si se defiende con marfil, contrataca con gallinasJardín; fogón. Coral; matojo. Qué intensidad de juego entre el maestro y nuestro adalid. Diamante; zapatillas. Sin tiempo para respirar. Rosa; patata.