1980

1980- Ciudades indefensas


En la sala de los prerrafaelitas, una Ofelia flotando en un lecho de flores atrae la mirada de una muchacha menuda que, escéptica, sonríe ante la escena. En la esquina, en un taburete, la vigilante —en el pecho una placa con el logotipo del museo y un nombre, Sylvia Plath—, se alarma: Siempre tendrá treinta y un años Ofelia, para la eternidad. Fátima mira alrededor, cuando ve que no hay nadie se inquieta: ¿Se dirige a mí? Cautelosa, la vigilante le devuelve la sonrisa: O al revés, quizá sea la eternidad la que haya tenido treinta y un años.

1981-Los títulos



La recibe de espalda. Mi nombre es Rosa. Ni se da la vuelta. El gerente y propietario de Industrias Cárnicas James Joyce S.L. abrillanta la plata del rótulo con un paño de algodón fino. He venido por el anuncio. Y sin siquiera girarse, después de esparcir su aliento por las letras y seguir frotando, recita: Aguja, aleta, babilla, brazuelo, cadera… siga, siga. Rosa se azora, tartamudea: cadera, cadera… carri-carrillada… contra… costillar. Por primera vez se da la vuelta el señor Joyce: ¡bravo! Culata, espaldilla, falda, llana, lomo… siga, siga. Rosa ahora no duda: Morcillo, morrillo, pecho, pescuezo… Aplaude: ¡Bravísima, contratada! 

1982-Paisajes después de la batalla


En el obrador de la Pastelería Arcipreste un moscón se impone como violín solista a la sinfónica de moscas habituales. La mañana tampoco logra desperezarse con la melodía mientras Juan Ruiz, repostero mayor, ensaya un hojaldre en forma de corazón de serrana con una almendra en el centro. ¿Quieres probarlo? —le ofrece a Juan, el aprendiz a pesar suyo. No he comido antes un plato —responde reivindicativo— para merecer un postre. Alza un ojo el maestro: los cacharros por fregar, el suelo por barrer, la nata por batir. ¿Y si le ponemos un pistacho? —sugiere—, será más fácil de descascarar.

1983-Fado alejandrino


—¿Sargento Hemingway?
—¿Quién pregunta?
—Yo, mi sargento.
—¿Recluta Antunes?
—Yo, mi sargento.
—¿Y sabes decir algo además de yo mi sargento?
—Sí, mi sargento.
—Me alegro.
—Gracias, mi sargento.
—De nada. Nos vemos.
—¿Sargento?
—¿Querías algo?
—Sí, mi sargento.
—¿Ahora?
—Sí, mi sargento.
—¿Y sabes decir algo además de sí mi sargento?
— Mi sargento, sí.
—Fantástico. Felicidades.
—Gracias, mi sargento.
—De nada. Pásalo bien.
—Una pregunta, sargento.
—¿Quieres que pierda toda la mañana contigo?
—No, mi sargento.
—¿Así que hay algo que no entiendes?
—No, mi sargento; digo, sí mi sargento.
—¿Te aclaras?
—Sí mi sargento; digo, no mi sargento.

1984-El amante


La luna viste de azul el cuerpo níveo de la joven. Y del mismo azul que las aguas del Índico desdibujan con sus garabatos sobre las olas tiñe el humo de la pipa que exhala Li Bai. La brisa revuelve la melena de Marguerite, acodada en la baranda de popa, y estremece la piel en sus brazos descubiertos. Li Bai convierte el silencio en rumor y un ramillete de flores amarillas prende en las palabras que no se atreve a decir. Las argollas tintinean entre sí. La muchacha aprieta los dientes para que no castañeen.  Li Bai mira la luna.

1985-Libro de horas


En el escaparate de la sastrería de Saint John Perse hay guantes de piel amarilla y pajaritas de fantasía selvática. Pañuelos de seda con abstracciones geométricas. Camisas de blancura alpina, pantalones ajedrezados, calcetines pintados por Mondrian.  Hay bluchers con suela encarnada. Capas de terciopelo. Americanas con tacto de nube. Tirantes color índigo. En la puerta ondulan aromas a madera y música de Monteverdi. Por delante cruza el mozalbete Rafael cada día, con su pesada cartera. Camina despacio, se detiene, aspira. Sueña con el día en el que abandone los pantalones cortos y la corbata con cuello de goma del uniforme. 

1986-El otoño de las rosas


—Agente... Azorín.
—Muchacho, ¿por qué lloras?
—Recurro a usted, hip, porque se está cometiendo una injusticia.
—¿Cómo te llamas, chaval?
—Paco. El de Elca.
—Conozco a tu familia. Buena gente. Veamos, ¿qué te atormenta?
—La noche. Está a punto de caer.
—Sí. Es verdad. Noviembre es siempre así. Un mes oscuro.
—Contemplaba los campos. Su belleza desolada.
—¿Y por qué no estás jugando a pelota con los otros chicos?
—Porque me gusta ver cómo florecen los pensamientos y el hibisco.
—Extraño entretenimiento.
—La noche se cierne.
—Una amenaza no es un delito.
—La noche lo devorará todo.
—Algo siempre permanece.

1987-La lección de música


Se ha corrido la voz. Una nube de indigentes guarda la espalda de Stéphane Mallarmé, clarinetista de la filarmónica de París. Nadie le molesta mientras mantiene su solitario diálogo frente al tragaperras, que a ratos gorjea cataratas de monedas. Solo cuando se da la vuelta para irse, abandonando la calderilla en el cuenco de los premios, la avaricia se agolpa por retirarla. Y cuando el músico sale del bar, acompañado por su sombra, se le acerca Pascal, que acaba de concluir su práctica de escalas, y se ofrece a formar con ambos un trío de cámara. Silenciosos pasos calle abajo.

1988-El otro nombre de la tierra


En la cuneta de la carretera, a la sombra de un laurel, el ciclista, tres veces cuarto en La Grandíssima, se limpia la cara con la camiseta. «Eres Hölderlin», le reconoce Eugénio, que pasea con una cesta de mimbre en la que recoge frutos de árboles silvestres: «Pero si estás llorando». «Es el sudor, que me ha entrado en los ojos», torpemente se excusa. «¿Quieres un melocotón? Está recién cortado». Friedrich acepta. «Me he detenido —confiesa— porque de repente no he sabido si corría tras el amor o estaba huyendo de él». «¿En bicicleta? Si no hay lugar para dos».

1989-El palacio de la luna


Gafas oscuras de montura metálica, bigote vintage, traje de mercadillo y acento confuso, el doctor Guy de Maupassant, entomólogo del Central Park, se entretiene hurgando en la hojarasca. A Paul, una mañana en la que ha hecho novillos, le llama la atención su ensimismada figura de parloteo jovial con un escarabajo. «Un bupréstido», le responde sin mirarle cuando el muchacho se acerca a preguntarle. «Fitófago, —y continúa— como la prosa americana, tufo a soja transportada en vagón». «¿Y?», abre los ojos el colegial. «Una novela aérea, delicada, transparente, una cetonia aurata sobre una peonía». «¿Qué es una peonía?», inquiere Paul.