1990

1990-Los amores imposibles



—¡Sereno!
—Ya va, ya va, impaciente. A tu edad toda espera es falta. Dice Kabir: ¿cuál es tu nombre?
—Jesús. Y ya tarda.
—Si vuelves a tu hora, pasas sin conocerme. Dice Kabir: La joven, ¿qué nombre tiene?
—Lucía. No, Lucero. O quizá Lucy. No me acuerdo, estaba muy oscuro.
—La luz que no ilumina, eclipsa. Dice Kabir: ¿Para volver ahora tienes permiso?
—Si no hace mucho ruido al abrir, mejor.
—Los juegos entretienen al niño. Dice Kabir: ¿Dónde voy a leer lo que no has visto?
—¿En un poema? Buenas noches.
—Las doce y muy sereno. Lo dice Kabir.

1991-Nueva York




Donatien Alphonse François de Sade, reconocido fabricante de espejos francés, abrió comercio en Palma, ya anciano, en un local estrecho y húmedo bajo los soportales de la Plaza Mayor donde una mañana luminosa de verano entró el joven Blai: «Le vi el domingo en la Seu». Monsieur Sade arrugó el ceño y musitó: «Unas pinturas…». «¿Cree que si me miro en alguno de estos espejos reconoceré mis ojos?», preguntó jovial el muchacho. El artesano tropezó con un ladrillo suelto del pavimento: «Su precio le quedará lejos». Blai sonrió: «Entonces mírese usted y le veo». «Eso he hecho siempre», crepitó Sade.

1992-Marca de agua



Joseph lo había comprado nada más llegar. Cerca del Campo de San Polo. Una tienda minúscula que apestaba a humedad y a curtidos. «Thomas Mann. Impresor veneciano desde 1912». No le había costado barato, pero cada vez que acariciaba la piel de la cubierta la suavidad le hacía olvidar el precio. O si se sentaba en un Café, el color ahuesado en la página en blanco le encandilaban como la lectura ideal. Destapaba la pluma, pero el verjurado le intimidaba. Aborrecía envilecerlo. Arrancaba una hoja del periódico, anotaba los versos que nunca escribiría en el cuaderno y guardaba los recortes dentro.

1993-Constance



De su nuevo país a Jane le impresiona la melena pelirroja de los bosques otoñales, el brillo de ojo de caballo del lago, el chasquido de los pasos en el silencio. Pero los raros vecinos que encuentra en sus paseos parecen inmunes a estos elogios. «¿Conoces ya los dulces de Emily?» Que los probara era su único empeño. Y qué chasco se lleva en la pastelería Amherst. Cuatro cruasanes rancios, un desalmado dumpling de manzana, hasta que aparece la señora Dickinson, vestida de blanco inmaculado, le sonríe —«Ven, he acabado unas delicias de jengibre»— mientras abre la puerta del obrador.

1994-La línea de las cosas



«El siguiente» —clama desde dentro Tito Lucrecio Caro, encargado de selección de personal para los supermercados De Rerum Natura. Su voz recorre las miradas indecisas de los jóvenes que aguardan de pie en mitad del corredor. Ramón, que acaba de llegar, da un paso y se cuela. La puerta ahoga la protesta de los aspirantes. «Vengo por lo del puesto de reponedor» —balbucea antes que dice. «Veamos». «A la noche habría que devolverle el terciopelo de su tacto. A la madrugada, la alondra. Al papel de los libros, la hendidura de cada letra. Al vuelo, el silencio». «Ajá» —asiente Lucrecio.

1995-La princesa manca



Los hermanos Grimm trabajaron durante años en el tiovivo que había en Gala Placidia. Jacob cubría el horario matinal. Limpiaba, vendía tickets y estudiaba los variados acentos de las canguros que cuidaban niñas y niños. Wilhelm venía tarde por la tarde. Era algo caótico. De las acompañantes prefería observar otros aspectos, pero contaba en cada ronda un cuento. Cuando Gustavo lo descubrió no dejó que lo llevaran a otra plaza. Disfrutaba, siempre, del último viaje, en el que Wilhelm cambiaba la dirección, los caballos avanzaban por su grupa y tras clamar: Y este cuento se ha acabado, el cuento empezaba.

1996-La más que viva



«Ven, no te quedes ahí, con este tiempo», le grita Teresa de Ávila desde el interior del puesto callejero. «¿Yo?». «Claro, resguárdate aquí, bajo la marquesina; no hay mañana en la que no te vea detenerte delante». «Me gustan las flores; gracias, solo soy un estudiante». «Y yo una florista de barrio. ¿Qué flor te gusta más?». «Ninguna hay que me disguste». El anorak de Christian aún gotea, una nota a pie de páginas del tratado que redacta la lluvia. «Te enseñaré mis preferidas». «Son preciosas». «Son algo más. Tras marchitarse no desaparecen. Se quedan para siempre en la memoria».

1997-Doble ciego



«¡Ay qué pereza!», exclama para sí el agente Mário de Andrade, sargento de guardia en el barrio de Urca, al tiempo que por el rabillo del ojo ve pasar una sombra. Y en la mano de la sombra, la sombra de un aerosol. Se da la vuelta y se transforma en sombra perseguidora. Una gira a la izquierda, otra gira a la izquierda. Cruza la avenida, la rotonda, el parque y Armando llega a la playa. Amanece. El agente cruza y cruza. Armando agita el bote. El agente pita. Armando escribe. El agente grita. Sobre la arena queda el chillido.

1998-El poeta de Pondichéry



Madame, le susurra desde el fondo del pasillo Denis Diderot, conserje del Collège de France, 11 Place Marcelin Berthelot, distrito quinto, Paris, y añade con amabilidad: Madame, s'il vous plaît. Adília siente un escalofrío que recorre su espalda, un metro con las luces apagadas que no se detiene en ninguna estación. Suda bajo del abrigo, una tensión en las piernas a punto de brincar, zozobra en la mirada de animal acorralado que busca un escondrijo en los vetustos pasillos. La plúmbea atmósfera del saber, sin embargo, sin huida posible. Diderot insiste: Madame, la salle de conférence est pleine. Ils attendent.

1999-Desgracia

Ostensiblemente cojean. Todos, de raso y terciopelo. Un rizo caracolea en la frente de cada uno. Pasaba unos días en Atenas y su viaje coincide con el festival Byron. Decenas de byrons recorren las calles de Vyronia. Empieza a marearse. Una pesadilla no le hubiera resultado tan exasperante. Unos, corsarios de opereta; otros, donjuanes de tebeo; algún manfred estudiadamente despeinado. Solo intuye complicidad en la única persona que mira con gesto aún más sorprendido que el suyo. Piensa que se deben echar un cable. Se acerca, «John Maxwell», dice alargando la mano, que al instante es aceptada. «George Gordon, encantado».