2000

2000-Todos contentos y yo también


Escribamos juntos una balada grita el hermeneuta François Villon por encima de bullicio al muchacho que acaba de asomar el flequillo por el portón de la taberna. Pensaba —musita el mozo— que aquí se venía a beber vino. Las jarras vuelan en las manos de la tabernera que, como un diosecillo arquero, las reparte a ciegas y acertando siempre en mitad del gentío. Tienes cara de poeta, jovenzuelo —insiste Villon. He venido solo a beberme el mundo, ¿no es aquí donde lo sirven? —afirma Manuel. Villon descubre un cartapacio oculto bajo su capa y se lo ofrece: Empieza por aquí.


2001-Libro de las mariposas


Señor, yo… —balbucea Arnaldo, sorprendido en su labor sobre la cubierta del Teste— solo fumigo.  Se quita los lentes de sol el Almirante Paul Valéry, encara al empleado. Cuanto haya de retórico en mi buque —sentencia— nada dejeSeñor, yo… nada dejo. En la escollera sur del puerto del Mar del Plata, a lo lejos, los pescadores remiendan las redes bajo los toldos. Ni por asomo quiero ver en mi barco —dictamina— un rastro de noche.  El sol de febrero chilla desde el aluminio de los techos en los galpones. Señor, yo… solo luz. El Almirante sonríe. Arnaldo, ahora, también.


2002-Ciego Montero, ¿dónde te metes?



No habla con nadie. Se sienta solo en un banco y deja que los tilos, desde su abulia, le contemplen. Dicen que es jubilado de los ferrocarriles. De la línea del Norte. Pero no sé si es cierto. Samuel, dicen también que se llama, Samuel Beckett. Quién sabe. Nadie lo trataba hasta que apareció por los columpios aquella niña pizpireta. Isabel, su nombre. Subía, bajaba por el tobogán sin descanso. Fue necesario que se acercara, le arrebatase la mano y se fueran los dos a pasear por el sendero de las petunias para que supiéramos que el viejo sabía sonreír.


2003-Mirar la Nada, ver a Dios


Ah, la mañana en la que Rui entra en el autobús, ve un asiento libre junto a la ventanilla y va a sentarse. Ah, de la parada en la que sube un muchacho con camisa y pantalones de lino blanco y la pierna vendada. Tan joven y con tan agotado gesto. Ah, del instante en el que Rui le ve renquear entre asientos ocupados y al instante le cede el suyo, donde ha estado contemplando la nada. Por favor. Arthur Rimbaud le saluda con toda la claridad que atesora su mirada. Y agradece heredar lo que había dejado en herencia.


2004-Paradoja del interventor



—Billetes, por favor… ¿Me muestra el suyo, joven?
—Me llamo Gonzalo.
—Me parece perfecto. ¿Y su bono?
—Antes deberíamos presentarnos.
—El interventor, un placer. ¿Y ahora, su boleto?
—Ah, ya lo veo en su placa: Bernhard T. ¿Qué es T.?
—¿Título de Transporte, tal vez?
—Lo dudo, nadie se llama así.
—Tampoco nadie viaja sin billete en mi tren.
—Bueno… Claro… Verá…
—Veo.
—El caso es que no quería ir a ninguna parte, pero tampoco quería quedarme en cualquier sitio. No sabían qué billete venderme.
—Ya.
—Solo me sienta bien ir de un lado al otro, en su tren, Thomas.


2005-Soliloquio para dos


Ni la profusión de la lluvia chorreando en las cristaleras lograba ser más rápida colocando gotas en el cuadrilátero que Walt Whitman insertando tipos en la forma. Hubo quien se había jugado el jornal por incrédulo. Bastaba que llegara desde la puerta su voz a la sala sucia, húmeda, de la imprenta para que los empleados se irguieran de golpe temiendo ya la avalancha de pliegos por calzar bajo el tórculo. No quiero aprendices, le gruñó de espaldas a Eduardo, mozalbete grandullón aficionado a las cajas tipográficas, pero se dio la vuelta y se sorprendió a sí mismo pidiéndose trabajo.


2006-Parménides


«No lo entiendo, —se queja César, las botas de fútbol al hombro, meneándose los cordeles con los gestos de la protesta— si yo compro una botella de agua y una magdalena de chocolate por qué he de pagar esa barbaridad». «Es la parte alícuota del total de las ventas realizadas durante la semana, —le responde con didáctica confuciana el chino Parménides, dueño del colmado que hay junto al campo de deportes de Coronel Pringles— no existen clientes, sino El Cliente; no hay compras, sino La Compra». «Pues ahí se queda la botella y el bollo, me largo al de Heráclito».


2007-La visita y otros libros


Las paredes blancas, la tarde añil. La respiración de la piedra en el gorjeo de los pájaros. Sor Juana Inés sube las escaleras hacia la celda y el manteo suena con los acentos de un endecasílabo petrarquista. Ana los cuenta en voz baja: De la beldad-ad de La-laura ena-na-mora-ra-dos. Los cielos se abren como una inmensa A, principio y final. Ensimismada, la muchacha sigue el reflejo blanco de la monja por el corredor alto. Columna tras columna. Bajo un arco de medio punto desaparece. La voz de su madre desconcierta el cristal del tiempo: Ana, entregada la aportación. Nos vamos.


2008-Alrededores del paraíso


«Mamá, mamá —corría asustado por el pasillo—, me ha salido bigote». «¿Dónde, hijo?» «Mamá, en el espejo». Cada vez que José Luis se miraba, el cristal le devolvía la imagen de un señor con bigote, gesto melancólico, sombrero y gafas. Se quitaba sus gafas rectangulares y seguía contemplándose con las redondas. Un día le preguntó: «Y tú ¿quién eres?» Y el tipo del bigote le dijo algo de Campos, pero al día siguiente le respondió que un tal Reis. Y al otro que Caeiro, al otro que Soares, y así. «¿Eres persona?», se atrevió a plantearle. «Claro, chico listo».


2009-Ángel de las olas



En cada esquina. Rua Curupati debería leer y no Cypress Road como lee. Y de vez en cuando él. El Inspector de Alcantarillas Harold Pinter. Barrio de Tristeza y no Forest Hill. Y súbita la tapa de un sumidero que se entorna y requiere. El muchacho, João Gilberto, asustado, lo entrega. Lo que sea. Una mano. Primero fue una mano y dejó de escribir cartas. Un pie. Ahora cojea por Trinity Street y en cada esquina busca el letrero —Avenida Guaíba— mientras el Inspector no emerja de un hueco y le solicite los ojos. Con los que continúa no viendo.


2010-Un toldo rojo


Chof. La cesta de mimbre en mitad de la corriente. Fuera cestas, clama Dylan Thomas, el barquero. Fuera manteles a cuadros. Paf, paf, aletea arrastrado por el viento. El remero ve volar su mantel favorito y rema. Fuera el termo lleno de hirviente té, brama colérico. Plaf. El timón enloquece con los desacompasados gestos. El aprendiz se aflige, atado al remo. Cuanto había preparado para la excursión en barca, ahora desperdigado por la superficie. El río, solo el río, vocifera el barquero con el pote del plumcake de zanahoria en la mano. ¡Fuera! Plas. Joaquim Manuel gime y sigue remando.